No me refiero a si te gusta la quiromancia y te dedicas a descifrar el futuro concentrándote en el trazado de la línea de la vida, o el color del monte de Júpiter. Me refiero a si serías capaz de identificar la palma de tus manos en una fotografía junto a las de otros muchos individuos. Fácil ¿no? En un experimento referido en el libro de Alan Pease “El lenguaje del cuerpo”, menos del 5% de los sujetos fueron capaces de reconocerse con éxito. ¡Y eran sus propias manos!

En clases, conferencias o reuniones sociales, el tema del lenguaje corporal suele provocar desde curiosidad a profundo interés. Muchos libros se dedican a recopilar imágenes con gestos y sus supuestos significados. Resulta muy tentador aprender algunos de ellos para después tratar de analizar a familiares, políticos o aquél vecino que no nos cae muy bien, cazando al vuelo alguno de los gestos aprendidos para decirse por dentro (y soltarle) “ah, tú en realidad lo que estás pensando es…”.

Afortunadamente nuestra comunicación no verbal es un proceso mucho más complejo y fascinante que la identificación de unos gestos aislados (si te tocas la nariz, si te cruzas de brazos, si miras hacia arriba, si ladeas la cabeza, etc). Implica un lenguaje que comprende desde la proxémica (la distancia al interlocutor), la kinésica (los movimientos corporales), las microexpresiones faciales (reflejo de emociones), a la paralingüística (los matices de nuestra voz).  

Si te interesa adentrarte en el conocimiento del lenguaje corporal o ya llevas dedicando tiempo de formación a ello, enhorabuena. La intención final es tu responsabilidad: puede ser la manipulación, la necesidad de aumentar tus ventas, el interés por persuadir en cualquier negociación (sí, también a tu pareja o a tus hijos), el más profundo y honesto deseo de llegar al alma de otro ser humano…tú eliges tu intención.

Ahora bien, debes ser consciente de que la única forma de ver con claridad la realidad de la persona que tengamos enfrente pasa por un camino: el de mirarnos primero a nosotros mismos, borrar los filtros y habladuría mental, y dejar que nuestro cerebro trabaje integrado (ambos hemisferios, el izquierdo racional que procesa tablas de gestos, y el derecho, unificador y creativo, que da sentido al conjunto). Así de sencillo. O así de complejo, según lo queramos ver.

Por eso te invito a que, antes de empaparte de la teoría sobre microexpresiones faciales (de forma simultánea si quieres), hagas el ejercicio de observar tus manos. Despacio. Más despacio. Sin prisa. En todas direcciones. Con todos sus matices. Forma, color, textura. ¿Vienen juicios? Escúchalos y déjalos ir. ¿Vienen interpretaciones? Escúchalas y déjalas ir. ¿Vienen recuerdos? Escúchalos y déjalos ir. Sólo cuando puedas mirar con esa ecuanimidad y ligereza a otro ser humano alcanzarás a ver lo que hay detrás de la fachada. Alcanzarás a entender su comunicación no verbal. Llegarás al corazón.

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